Los enfrentamientos armados ocurridos en el corregimiento de Travesías, ubicado en una zona estratégica de la cadena de distribución de estupefacientes, revelan la persistencia de estructuras ilegales que han evolucionado desde la década de los veinte años del siglo pasado. La presencia de grupos disidentes, en su mayoría fragmentos de antiguas guerrillas que se negaron a firmar los acuerdos de paz, se ha consolidado gracias a la falta de infraestructura estatal y la limitada capacidad de vigilancia de la fuerza pública en áreas rurales. Según datos del Departamento Nacional de Planeación, la región presenta índices de pobreza superiores al promedio nacional y una escasa oferta educativa, factores que facilitan la captación de reclutas por parte de los grupos armados. Además, el terreno accidentado y la dispersión de la población dificultan la pronta respuesta de los cuerpos de seguridad, creando un círculo vicioso donde la violencia alimenta la desconfianza entre la comunidad y el Estado, y viceversa.
El porqué de la escalada reciente se sustenta en la confluencia de varios elementos: por un lado, la presión de los mercados internacionales sobre la cocaína ha impulsado a los grupos disidentes a reforzar su control sobre rutas de tránsito que cruzan Travesías, mientras que, por otro, la falta de una estrategia integral de sustitución agrícola ha mantenido a los agricultores dependientes del cultivo ilícito. La ausencia de presencia permanente del Estado, combinada con la manipulación de liderazgos locales por parte de los grupos armados, ha generado un vacío de poder que la fuerza pública intenta colmar mediante operaciones ofensivas de corta duración, sin acompañamiento de programas de desarrollo social. Esta dinámica se ve reforzada por la desarticulación de estructuras judiciales locales, lo que disminuye la capacidad de procesar y sancionar a los responsables, generando impunidad y alimentando la percepción de que la violencia es el único medio para resolver disputas territoriales.
Las consecuencias para el futuro del país son de gran calado, pues la prolongación de estos enfrentamientos amenaza la consolidación de la paz negociada y debilita la confianza ciudadana en las instituciones. La comunidad internacional ha señalado la necesidad de fortalecer el marco de seguridad integral, que incluya no solo la acción militar, sino también la inversión en infraestructura básica, educación y salud, elementos esenciales para romper el ciclo de violencia. Además, el gobierno nacional deberá revisar su política de desarme y reintegración, garantizando recursos suficientes para la reincorporación de excombatientes y el acompañamiento a las familias de campesinos atrapados en la economía ilegal. En ausencia de una respuesta coordinada y multidisciplinaria, la zona de Travesías podría convertirse en un punto de referencia para la expansión de la criminalidad, comprometiendo la estabilidad política y socioeconómica de toda la región andina y, por extensión, del país.




