El 7 de abril se reactivaron los focos de violencia en la zona rural de Jamundí, Antioquia, cuando grupos disidentes de las guerrillas firmaron un ataque coordinado que desató intensos combates con las fuerzas de seguridad del Estado. La operación, según fuentes militares, involucró fusiles de asalto, morteros y explosivos de fabricación artesanal, lo que evidenció una capacidad logística evolucionada del fragmento insurgente. Este hecho no es aislado, sino la culminación de una tendencia creciente de reagrupamiento de combatientes tras los acuerdos de paz de 2016, quienes, al no recibir garantías de reintegración, optaron por la ruta armada. El hecho pone en evidencia la fragilidad de la presencia estatal en áreas periféricas, donde la falta de inversión en infraestructura social y la ausencia de proyectos productivos generan un caldo de cultivo propicio para la violencia y el reclutamiento de nuevos combatientes.
El episodio también desencadenó una reacción interna en la cúpula militar, reflejada por la reprimenda que el presidente Iván Duque dirigió al comandante del Ejército, quien había sido acusado de tolerancia institucional frente a los grupos armados y de no aplicar de forma rigurosa los protocolos de desmovilización. Esta medida dispersó la impresión de impunidad y buscó revalidar la autoridad civil sobre las fuerzas armadas, en medio de una creciente presión de la sociedad civil y la comunidad internacional, que exige una política de seguridad que combine la acción militar con estrategias de prevención y desarrollo. La falta de claridad sobre el alcance de la sanción al general, junto con la ausencia de medidas complementarias de fortalecimiento institucional, plantea interrogantes sobre la efectividad de la respuesta del Estado ante la persistencia de actores armados ilegales.
El impacto de este ataque se extiende más allá del territorio jamundino, al influir en la agenda política nacional y en la percepción de la seguridad en el país. Los analistas anticipan que el gobierno podría intensificar la operación “Seguridad Rural” para recuperar los espacios ganados por los disidentes, pero sin una política integral que incluya la generación de empleo, la educación y la atención a la población desplazada, los resultados serán temporales. Además, la escalada de violencia podría afectar los procesos de paz pendientes con otros grupos, reduciendo la confianza en la capacidad del Estado para garantizar un entorno de paz sostenible. En el mediano plazo, la situación exigirá una coordinación más estrecha entre los ministerios de Defensa, Interior y Desarrollo, así como la participación activa de los gobiernos locales, para transformar la respuesta reactiva en una estrategia preventiva que busque la raíz estructural del conflicto.




