El posicionamiento del candidato en contra de la convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC) impulsada por el presidente Gustavo Petro responde a una acumulación de tensiones políticas que han marcado el primer año y medio de la actual administración, donde la oposición ha denunciado reiteradamente que el Ejecutivo busca reformar la Carta Magna de 1991 para desmantelar los pesos y contrapesos institucionales, debilitar la independencia de la rama judicial y ampliar los periodos de gobierno sin los controles electorales que garantizan la alternancia democrática. Este rechazo se enmarca además en una estrategia de movilización de la base electoral opositora, que percibe la ANC como un mecanismo de cooptación del Estado por parte de la coalición de gobierno, alejando la posibilidad de consensos mínimos para reformas estructurales que el país requiere en materia de seguridad, salud y empleo, y que han sido postergadas por la polarización generada por la insistencia del presidente en un proceso constituyente que no cuenta con el respaldo mayoritario de la ciudadanía según las últimas encuestas de opinión publicadas por firmas como Invamer y Cifras y Conceptos.
La decisión del candidato de impulsar acciones legales y políticas para frenar la ANC tiene implicaciones inmediatas en la dinámica del Congreso, donde la coalición de gobierno ya enfrenta dificultades para aprobar su agenda legislativa ordinaria, y la oposición ha anunciado que presentará demandas de inconstitucionalidad ante la Corte Constitucional si el presidente avanza con el decreto de convocatoria, argumentando que el mecanismo de ANC no está contemplado en la Constitución actual para ser convocado por el Ejecutivo de forma unilateral, sino que requiere un referendo previo que consulte a la ciudadanía sobre la pertinencia de reformar la Carta Magna. A nivel nacional, esta postura profundiza la polarización política que ha caracterizado al gobierno de Petro, alejando la posibilidad de acuerdos para enfrentar la crisis de seguridad que ha dejado más de 5.000 homicidios en lo que va de 2024, el incremento en los cultivos de coca y la crisis financiera de la salud, temas que han quedado en un segundo plano ante la disputa por el control del poder constituyente, lo que genera incertidumbre en los mercados y desconfianza en la inversión extranjera, que ha caído un 12% en el último año según datos del Banco de la República.
A largo plazo, esta confrontación por la ANC redefine el mapa electoral de cara a las elecciones regionales de 2025 y presidenciales de 2026, posicionando al candidato en cuestión como un referente de la oposición que canaliza el descontento de sectores medios, empresariales y de la opinión pública que rechazan la deriva autoritaria percibida en el gobierno, mientras que el presidente Petro pierde apoyo en las encuestas, que lo sitúan con una imagen desfavorable de 62% según la última encuesta de Datexco, lo que reduce su capacidad de negociación con otros actores políticos y lo obliga a radicalizar su discurso para mantener la lealtad de su base electoral más radical. Esta situación también pone a prueba la solidez de las instituciones colombianas, que deberán resolver el conflicto competencial entre el Ejecutivo y el Congreso, y la Corte Constitucional, que tendrá la última palabra sobre la legalidad de la convocatoria, en un escenario donde la legitimidad de las decisiones judiciales está siendo cuestionada por ambos bandos, lo que pone en riesgo la estabilidad democrática del país en el mediano plazo.






