El presidente inició su discurso enfatizando la alarmante escalada de la violencia urbana, citando estadísticas oficiales que indican un aumento del 12 % en homicidios y un 18 % en robos con fuerza en los últimos doce meses; estos datos, divulgados por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística, subrayan la percepción de inseguridad que agobia a la ciudadanía y que ha impulsado protestas masivas en varias ciudades del país. Asimismo, el mandatario recordó los altos costos sociales y económicos derivados de la criminalidad, como la disminución del turismo, la pérdida de inversión extranjera y la presión sobre el presupuesto destinado a salud y educación, que se ven afectados por la necesidad de destinar más recursos a la seguridad pública. Este escenario, según el presidente, exige una respuesta integral que combine la reforma policial, la inversión en tecnología de vigilancia y el fortalecimiento de programas de prevención social, especialmente en zonas vulnerables donde la falta de oportunidades laborales alimenta la reclutación de jóvenes por parte de bandas criminales.
LEn el segundo segmento del discurso, el jefe de Estado acusó a grupos organizados de tráfico de drogas y armas de aprovechar la debilidad institucional para expandir sus rutas de distribución, señalando que la captura reciente de varios capos internacionales evidencia la capacidad operativa de las fuerzas de seguridad cuando cuentan con recursos adecuados; sin embargo, también reconoció que la corrupción interna y la impunidad siguen erosionando la confianza ciudadana, lo que dificulta la cooperación entre la población y la policía. El presidente planteó la necesidad de reformar el marco judicial para acelerar los procesos penales y garantizar sanciones efectivas, al mismo tiempo que propuso la creación de unidades especializadas en inteligencia criminal que trabajen de manera interagencial. Estas medidas buscan no solo desarticular las redes delictivas, sino también generar un entorno de certeza legal que incentive la inversión y permita a los empresarios operar sin temor a extorsiones o secuestros.
LEl análisis de las causas estructurales revela que la creciente desigualdad socioeconómica, exacerbada por la pandemia y la recesión global, ha ampliado el abismo entre ricos y pobres, generando un caldo de cultivo para la violencia; la falta de acceso a educación de calidad, a servicios de salud mental y a oportunidades laborales dignas ha llevado a que segmentos de la población, especialmente jóvenes, busquen ingresos rápidos en el crimen organizado. Como consecuencia, la percepción de inseguridad alimenta migraciones internas y externas, aumenta la presión sobre los sistemas de salud por lesiones y traumas, y genera una espiral de desconfianza que debilita la cohesión social. En respuesta, el gobierno propone un paquete de políticas públicas que incluye la expansión de programas de capacitación técnica, la mejora de la infraestructura urbana en barrios marginales y la implementación de una estrategia nacional de prevención del delito basada en la comunidad, con la intención de romper el ciclo de violencia y fomentar un desarrollo sostenible que restablezca la confianza en las instituciones y consolide la paz social.
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