¿Se nos olvidó ganar? La peligrosa costumbre de la derrota que carcome al fútbol colombiano
Lo que antes se sentía como una herida profunda tras cada derrota, hoy parece haberse transformado en una anestesia colectiva. El sentimiento de frustración, ese que solía movilizar a la hinchada y generar debates intensos en cada esquina del país, ha mutado en algo mucho más preocupante: la resignación. Ya no se trata de un bache pasajero o de una mala tarde; el problema de fondo es que esa desazón se volvió costumbre en el entorno deportivo nacional.
Un fantasma que recorre todas las fronteras
La crisis de resultados ha dejado de ser selectiva. No importa si el compromiso es por eliminatorias, un torneo continental o un simple amistoso de preparación; la falta de jerarquía parece haberse instalado en el ADN de nuestros representantes. Los analistas coinciden en que la ubicación geográfica o el clima —factores que antes usábamos como excusa o ventaja— hoy son irrelevantes. Sin importar la frontera o el rival de turno, el libreto se repite con una fidelidad pasmosa.
Esta «normalización del fracaso» es quizás el mayor desafío que enfrenta el balompié local. Cuando perder deja de doler y se convierte en el resultado esperado, se rompe el vínculo emocional con el aficionado. «Ya ni nos sorprende», es la frase que más resuena en las redes sociales y en las tribunas de los estadios, evidenciando un desgaste que va más allá de lo táctico.
La urgencia de recuperar la identidad
Para el periodismo deportivo y la opinión pública, el diagnóstico es claro: el fútbol colombiano necesita una sacudida emocional y técnica. No podemos permitir que la mediocridad sea el estándar. El rival no es el problema principal; el verdadero enemigo es esa complacencia interna que permite que los procesos se estanquen sin que nadie asuma consecuencias reales.
Es imperativo que los procesos de selecciones y clubes retomen la ambición. El fútbol nacional no puede seguir siendo un espectador pasivo de cómo otros países de la región evolucionan, mientras nosotros nos quedamos sumidos en una apatía que ya parece crónica. La hinchada, esa que siempre ha estado en las buenas y en las malas, merece mucho más que una simple costumbre de perder.






