El estrecho de Ormuz constituye, desde hace décadas, uno de los corredores energéticos más críticos del sistema internacional. Aproximadamente entre el veinte y el treinta por ciento del petróleo mundial transita por esta angosta vía marítima que conecta el golfo Pérsico con el océano Índico, lo que convierte cualquier perturbación en dicha zona en un factor de volatilidad sistémica para los mercados energéticos globales. Las tensiones recurrentes en la región —desde las confrontaciones entre Irán y las coaliciones occidentales hasta los incidentes de sabotaje naval y las disputas por la soberanía insular en el golfo— han evidenciado la fragilidad estratégica que supone depender de un punto de tránsito tan susceptible de interrupciones geopolíticas. En este contexto, la decisión de las autoridades emiratíes de acelerar las obras del oleoducto que circunvala el estrecho responde a una lectura profunda de la vulnerabilidad estructural que los Emiratos Árabes Unidos, como principales exportadores de crudo de la región, enfrentan ante cualquier escalada que comprometa la libre navegación por Ormuz. Se trata de una apuesta soberana que busca garantizar la continuidad de los flujos petroleros incluso en escenarios de conflicto abierto, reduciendo la dependencia de una arteria marítima cuyo control geopolítico ha sido históricamente objeto de disputas entre potencias regionales y globales.
El oleoducto Habshan-Fujairah, operado por el consorcio estatal International Petroleum Investment Company en coordinación con la Abu Dhabi National Oil Company (ADNOC), representa una inversión estratégica valorada en miles de millones de dólares y con una capacidad de transporte de aproximadamente un millón ochocientos mil barriles diarios, lo que lo convierte en una infraestructura capaz de sustituir la mayor parte de las exportaciones emiratíes que antes transitaban por el estrecho. La aceleración de las obras no es un fenómeno aislado, sino que se inscribe en la estrategia más amplia de los Emiratos Árabes Unidos por consolidar su autonomía estratégica dentro del marco del Consejo de Cooperación del Golfo, en un momento en el que las alianzas regionales se reconfiguran tras los Acuerdos de Abraham y la normalización de relaciones con Israel. Desde la perspectiva de la doctrina geopolítica emiratí, poseer una capacidad de exportación directa hacia el océano Índico sin depender del estrecho otorga a Abu Dhabi un poder de negociación superior frente a Irán, pero también frente a los propios Estados Unidos, cuya Quinta Flota tiene su base en Baré precisamente para garantizar la seguridad de dicho paso marítimo. Este tipo de infraestructura redefine las relaciones de poder intra-regionales y plantea interrogantes sobre el futuro de la hegemonía naval estadounidense en la zona, así como sobre la capacidad de Irán de utilizar el cierre del estrecho como herramienta de disuasión asimétrica, una carta que pierde parcialmente su valor cuando los Emiratos disponen de rutas alternativas operativas.
Para América Latina y, en particular, para Colombia, las repercusiones de esta reconfiguración de las rutas energéticas del golfo Pérsico son multifacéticas y merecen un análisis detenido. Colombia, como exportador neto de crudo y con una economía cuya balanza comercial depende significativamente del precio internacional del petróleo, está directamente expuesta a cualquier redistribución de los flujos energéticos globales: si el oleoducto emiratí efectivamente reduce la presión geopolítica sobre el estrecho de Ormuz, podría contribuir a una mayor estabilidad en los precios del crudo, beneficiando los ingresos fiscales por exportación de hidrocarburos; sin embargo, la señal geopolítica subyacente es más compleja, pues demuestra que los bloques económicos emergentes del Golfo están avanzando hacia una autonomía energética que diluye la capacidad reguladora tradicional de las potencias occidentales sobre los mercados petroleros. En el tablero multipolar actual, donde China e India incrementan su demanda de crudo procedente de Oriente Medio con rutas que transitan el océano Índico y el corredor de Malaca, la capacidad emiratí de bombear crudo directamente hacia el Pacífico altera los equilibrios comerciales que durante décadas beneficiaron a las naciones latinoamericanas como contrapeso energético frente a la Organización de Países Exportadores de Petróleo. Además, para un país como Colombia que busca diversificar sus relaciones diplomáticas y comerciales más allá del eje tradicional con Estados Unidos y la Unión Europea, la consolidación de nuevas rutas energéticas en el Golfo representa tanto una oportunidad para estrechar lazos con economías del sur y del sudeste asiático como un desafío, dado que la reconfiguración de estas rutas puede modificar las dinámicas de precios y la correlación de fuerzas entre productores dentro de la OPEP+, organismo en el que Emiratos ha mostrado una postura cada vez más independiente y confrontacional con el liderazgo saudí.









