La referencia que simboliza el riesgo de conflicto entre una potencia en ascenso y la hegemónica no es un dato aislado dentro de la escena internacional contemporánea, sino que representa un fenómeno estructural que atraviesa las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y la República Popular China desde la última década del siglo XX, cuando Pekín decidió abandonar la doctrina de Deng Xiaoping de mantener un perfil bajo y adoptó una política exterior más asertiva, especialmente en el Mar de China Meridional, en Taiwán y en la competencia por los recursos estratégicos de la cuenca del Indo-Pacífico. Este cambio de postura evidencia que el orden liberal internacional, construido bajo la arquitectura de Bretton Woods y el predominio estadounidense durante la Guerra Fría, está siendo cuestionado por un actor que no solo rechaza los modelos de gobernanza predominantes, sino que propone alternativas institucionales propias, como la Nueva Ruta de la Seda o el Banco Asiático de Infraestructura y de Inversión, que buscan desplazar la hegemonía del dólar y del Fondo Monetario Internacional como pilares del sistema financiero global. Para la región latinoamericana y específicamente para Colombia, cuya economía sigue dependiendo en gran medida de los flujos comerciales con Estados Unidos, este escenario genera incertidumbre sobre hacia dónde se orientarán las cadenas de suministro, los precios de las materias primas y las condiciones de financiamiento externo en los próximos años, ya que la división entre bloques económico-estratégicos amenaza con fragmentar el sistema multilateral en el que la economía colombiana está inserta.
La voluntad de estabilidad que manifiesta esta referencia no debe entenderse como una señal de paciencia diplomática, sino como una estrategia calculada de contención del deterioro relacional que permite a ambos actores mantener los canales de comunicación necesarios para evitar una escalada militar directa, un escenario que, aunque improbable en el corto plazo, ha sido planteado abiertamente en los análisis de riesgo geopolítico más conservadores, especialmente tras las crisis del chip semiconductor, las sanciones comerciales de 2018 y las tensiones en torno a la isla de Taiwan. Sin embargo, la confianza en el ascenso chino que también se refleja en esta referencia indica que Pekín no solo busca preservar el statu quo económico, sino que aspira a rediseñar las reglas del juego internacional, una ambición que genera resistencia no solo en Washington, sino también en potencias intermedias como la Unión Europea, Japón y la India, que ven en la expansión del coloso asiático una amenaza para sus propios intereses estratégicos en la región indo-pacífica. Para Colombia, que en los últimos años ha ampliado sus vínculos comerciales con China, principalmente en bienes agrícolas y minerales, esta dinámica plantea un dilema estructural: ¿debe Bogotá alinearse con el bloque hegemónico para preservar su relación con Washington, o debe diversificar sus socios comerciales para reducir su dependencia de un solo eje de poder, corriendo el riesgo de ser castigada económicamente por las políticas de inversión extranjera directa que proyecta la Gran Política Nacional del país?
Desde una perspectiva histórica, la confrontación entre una potencia en ascenso y una hegemónica no es un fenómeno nuevo en la geopolítica moderna; el caso paradigmático es la transición del poder entre Gran Bretaña y Estados Unidos a principios del siglo XX, seguida por la rivalidad entre la URSS y los Estados Unidos durante la Guerra Fría, y ahora se replica en la relación entre Washington y Pekín, lo que algunos académicos llaman la «trampa de Tucídides», según la cual una potencia emergente inevitablemente entrará en conflicto con la potencia establecida cuando su crecimiento económico y militar supere cierto umbral. Lo que diferencia esta transición de las anteriores es la interdependencia económica extrema entre ambos actores, que hace que cualquier escalada de tensiones militares o comerciales tenga consecuencias globales sin precedentes, especialmente en el ámbito de la cadena de suministro de semiconductores, la energía y los alimentos, sectores en los que la participación de China es determinante. Para América Latina, y en particular para Colombia, la lectura correcta de este momento histórico implica entender que el país no puede permanecer neutral en un mundo cada vez más polarizado entre bloques, y que su posición estratégica en la cuenca del Pacífico le otorga una ventaja competitiva que debe ser aprovechada mediante una política exterior activa que defienda la soberanía nacional sin renunciar a las oportunidades que ofrece el ascenso de una nueva potencia económica mundial.









