El reciente anuncio del presidente de los Estados Unidos de que impondrá sanciones a aquellos que desarrollen actividades generadoras de ingresos en divisas dentro de la República de Cuba constituye un punto de inflexión en las connotaciones geopolíticas de la Guerra Fría contemporánea. Desde la perspectiva de la hegemonía del dólar como moneda de reserva global, la medida intenta aislar económicamente a Cuba, reafirmando la posición de Washington como guardian, a la vez que compromete la soberanía económica de un Estado comunista que ha mantenido una “teología de la resistencia” ante la imposición de bloques económicos y políticas externas. La reacondicionación de la legislación interna, incluyendo la alusión al marco de la Ley de Comercio con Cuba, subraya la persistente dinámica de sanciones, reguladas por la Oficina de Control de Exportaciones (EAR) y el Departamento del Tesoro, como herramientas de política exterior que refuerzan la visión estadounidense de un bloque autónomo en el Atlántico Norte, excluyendo a Cuba de la esfera de cooperación con Norteamérica.
Esta escalada declarativa repercute directamente en la cadena de suministro de la región latinoamericana, pues muchos países dependían de, o al menos estaban vinculados a la infraestructura y mercados cubanos, especialmente en áreas de desarrollo sanitario y tecnológico. La reverberación se refleja en el debilitamiento de las propuestas de integración de la Alianza Bolivariana del Estado (ALBA) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), ya que la política de aislamiento puede conducir a una desagregación de sus esfuerzos comunes para contrarrestar la presión de bloques externos. Dada la fuerte interdependencia entre México, Colombia y otros aliados de la región con la política estadounidense, el riesgo de que la campaña de sanciones pierda la prueba de la resiliencia económico-política subordina la conversación a la búsqueda de alternativas multilaterales, como el fortalecimiento de la cooperación con los países del Centroamérica. El efecto se factura en la conciliación de la soberanía regional frente al desequilibrio arrojado por la hegemonía norteamericana dentro de los pactos bilaterales de cooperación económica.
Para Colombia, la determinación de Washington amenaza la estabilidad de sus vínculos comerciales con un bloque económico resquebrajado, ejerciendo presión sobre su política de diversificación de mercados. A nivel macroeconómico, la respuesta a la sanción plena de Cuba insinuada por el presidente estadounidense podría provocar una reconfiguración de las rutas de tránsito por los puertos cubanos y de la relación de varios COPEC con la coalición americana del G-20. El escenario de un aislamiento más amplio de Cuba alteraría la dinámica de las cadenas de suministro de importaciones farmacéuticas y de productos agrícolas que la región, y en particular Colombia, consideraba un recurso estratégico frente a los alzas de precios en los mercados locales. La cuestión de la soberanía económica se vuelve palpitante cuando los actores estatales buscan ingenuamente insularse de la hegemonía estadounidense mediante la creación de bloques económicos alternativos, reflejando la complejidad contemporánea de la competencia global entre potencias y su socio para la supremacía política en el Atlántico Sur y el Caribe.






