El documento presentado a tan solo un mes de las elecciones colombianas destaca cuatro puntos críticos que delinean la urgencia de un plan de reforma política. En primer lugar, la falta de representatividad en los niveles locales se evidencia por la alteración del sistema de listas cerradas, lo que suprime la diversidad de voces. En segundo término, la escalada de la financiación clandestina y la necesidad de un marco regulatorio robusto se convierten en un riesgo latente para la integridad electoral. Por último, la falta de transparencia en los procesos de selección de candidaturas hace imprescindible la implementación de mecanismos supervisados por entidades independientes, a fin de evitar la codicia del “infirma” y la cooptación de la democracia. Esta situación amenaza la legitimidad de las instituciones públicas, comprometiendo la confianza ciudadana y alimentando la polarización política que, de no ser mitigada, provocará un escenario de crisis institucional y minará el desarrollo sostenible del país.
El debate público ha sido intensificado por la exposición de datos históricos que muestran un aumento exponencial de la participación en elecciones nacionales, fenómeno que contrasta con una baja visibilidad en la inversión en educación y salud pública. La brecha de desigualdad persiste, reflejada en la disparidad de acceso a la tecnología y la cobertura de infraestructura básica. Estas estadísticas subrayan las necesidades de un fortalecimiento de los servicios sociales; sin embargo, los recursos económicos existentes se han direccionado principalmente a la modernización de la planta de extracción minera, lo que equivale a una visión de largo plazo. En consecuencia, continuamos enfrentando repetidos episodios de violencia flashbacks en la zona republicana; la situación requiere una intervención de política integral, con fondos publicos y privados de manera conjunta, en lugar de una singularidad de un solo sector. Este escenario de transformación socioeconómica se ha visto difícil de alcanzar, lo que reduce la posibilidad de un proceso de paz sostenible y potencializa los riesgos de violencia en el momento de la celebración de las elecciones.
En la última fase electoral se observa una clara debilitamiento institucional y sistemático paulatina del estado. El aumento de la polarización entre los partidos políticos ha generado una fragilidad que se refleja en la conducta de los actores políticos. La creación de partidos de derecha con cuotas electorales de solo antiguas zonas agrícolas y urbanas, la congestión de la infraestructura electoral de los órganos electores, los frentes de políticas de los candidatos y los objetivos sanitarios explicables. Todos estos elementos se han consolidado en la realización de una gran ley de reforma de la autoridad central, con la creación de la Justicia central (dependiente de diversos medios de interés). También se han planificado deliberadas campañas efectivas que contienen un potencial de gran alcance; la estrategia de votación a 100% de la plantilla del presidente del día anterior y la participación en la reforma de la política pública para garantizar la equidad del voto y la protección de los derechos de los ciudadanos y la inclusión sin onc. En consecuencia, los ciudadanos deben estar preparados para la redemocratización de la institución de denuncias posibles y la ampliación de la participación ciudadana con la finalidad de evitar la marginación. En esta etapa, el análisis debe centrarse en la sostenibilidad del esfuerzo y el riesgo de un fracaso estimable.






