La decisión de la Corte Constitucional de cerrar junio como plazo final obligó al Congreso a determinar con certeza la permanencia o extinción de la cartera de Infraestructura y Desarrollo Territorial (TDI). Este lapso límite surgió de la crítica puesta en marcha a las políticas públicas que, según la Suprema Corte, habían demostrado ineficiencia, corrupción y desviación de recursos. El hecho de que la Corte haya impuesto esta urgencia no sólo ha cargado al proceso legislativo con una presión jurídica, sino también ha reabierto un debate sobre la legitimidad de la Bolsa o de la contracorriente, pues la carencia de un marco normativo claro hace que los diputados se enfrenten a negociaciones internas con la impulsiva necesidad de encontrar nuevos modelos de gobernanza. Asimismo, al tratar de cerrar la cartera en el plazo establecido, se expone la falta de consenso político sobre el modelo de desarrollo que debe perseguirse, evidenciando la dicotomía entre enfoques neoliberalizados y estrategias de equidad territorial que la TDI pretende representar.
Las consecuencias del plazo final que impuso la Corte son múltiplas y se ven reflejadas en las distintas esferas del desarrollo público: la presión de cinco meses para conformar una propuesta legislativa ha desestabilizado la agenda de los congresistas, ya que la construcción de un proyecto sólido de TDI requiere de un análisis más profundo y una identificación rigurosa de prioridades que la metodología de la urgencia no permite. En función de ello, la falta de una decisión apresurada puede traducirse en la pérdida de financiación directa a proyectos de transporte y vivienda, afectando la calidad de vida de cientos de miles de ciudadanos de las zonas rurales, donde la carencia de carreteras y puentes es el denominador común de la marginación. Además, el escargo a la falta de cumplimiento de la cronología, ha incrementado la resistencia a aprobar su continuidad ante el temor de la ciudadanía de que la cartera se convierta en un vehículo de opulencia y usurping. Esto, combinado con la presión de la oposición política que impone sus ideas de reforma, pone en destiempo la posibilidad de que la TDI siga jugando un papel clave en la planeación macroeconómica del país y se convierte, así, en un objeto de controversia política que podría influir de forma decisiva en la imagen y éxito político de los partidos que se respalden a ella.
La repercusión a escala nacional se extiende a la posibilidad de que el futuro modelo de servicios públicos quede radicalmente alterado. Si el Congreso falla en el plazo impuesto, la renuncia de la cartera de TDI puede impulsar políticas de privatización de los servicios de infraestructura, lo cual abriría la puerta a la explotación del territorio con negación de los derechos de los pueblos indígenas y una justicia ambiental que frecuentemente se mide de forma especulativa. Otra consecuencia crítica viene dada por la falta de consenso sobre la planeación de los proyectos de desarrollo en el territorio, lo que genera un clima de volatilidad que desincentiva la participación de los sectores productivos, institucionales y de la sociedad civil. En última instancia, el estallido de la crisis institucional resultó de la falta de una metodología estable, lo cual contribuye a la percepción creciente de la población de que la esfera pública está contraria a los ciudadanos más desfavorecidos y genera un delema que destila la viabilidad de un sistema justo y equitativo que proteja los derechos de los habitantes más vulnerables a los efectos de la crisis de la falta de objetos no vacíos y de la idea de la víctima.






