El bolsillo del colombiano promedio tuvo un breve romance con la estabilidad durante el primer trimestre de 2026. Tras dos rebajas consecutivas que sumaron un alivio de $1.000 por galón entre febrero y marzo, muchos conductores sintieron que la pesadilla de las alzas constantes había terminado. Sin embargo, ese respiro fue, en realidad, un espejismo técnico. El 1 de abril de 2026 marcó el fin de la tregua, recordándonos que en el mercado de combustibles, la calma suele ser la antesala de una nueva tempestad.
La pregunta que resuena hoy en las estaciones de servicio es tan lógica como punzante: si el Gobierno ya saldó las deudas históricas con Ecopetrol, ¿por qué el precio vuelve a escalar? Aquí es donde la teoría choca con la realidad del surtidor, en una trama donde la geopolítica, las finanzas públicas y el costo real de mover el país se entrelazan.
1. El golpe de abril: una realidad de contrastes geográficos
A partir del 1 de abril, la Comisión de Regulación de Energía y Gas (CREG) aplicó un ajuste que borra parte del camino ganado en los meses previos. No se trata de un simple capricho administrativo, sino de una respuesta a la presión del mercado global.
Los datos específicos del incremento para este mes son:
- Gasolina motor corriente: Sube un promedio nacional de 376∗∗, situando el galón en ∗∗15.449.
- ACPM (diésel): Tiene un ajuste más moderado de 81∗∗, dejando el precio promedio en ∗∗11.082.
No obstante, los «promedios» a veces ocultan realidades locales más crudas. El mapa de precios revela una brecha logística profunda:
- Villavicencio encabeza la lista como la ciudad más cara del país, con la gasolina rozando el techo de los $15.991.
- Cali ya alcanzó la barrera psicológica de los 15.900∗∗, mientras que en ∗∗Bogotá∗∗ el precio se fijó en ∗∗15.891.
- En el extremo opuesto, el alivio se encuentra en el sur: Pasto es hoy la ciudad principal con la gasolina más barata del país, con un valor de 13.487∗∗. Por su parte, ∗∗Cúcuta∗∗ mantiene el liderazgo en el costo del ACPM más bajo, situándose en los ∗∗9.253 gracias a su régimen de frontera.
2. ¿Por qué no volveremos a los $9.000? La cruda paridad internacional
Muchos ciudadanos aún añoran los $9.210 que pagábamos en enero de 2022. Sin embargo, como analista, debo ser enfático: ese no era un precio real. Era un precio administrativo sostenido artificialmente por el Estado, una política que generó un agujero fiscal que todos estamos terminando de pagar.
Es cierto que el Gobierno saldó en 2024 la deuda de más de $20 billones acumulada con Ecopetrol por los subsidios de años anteriores. Pero saldar la deuda vieja no significa que el combustible de hoy deba ser barato. El esquema actual de «libertad regulada» busca la paridad internacional; es decir, que el precio en Colombia refleje lo que cuesta producir, importar y mover el combustible, incluyendo fletes, seguros, impuestos nacionales y márgenes de comercialización.
«Para que [el precio] vuelva a estar en COP$9.000, se tendría que subsidiar nuevamente el precio, algo que el presidente Petro ha calificado como ‘populismo barato’.»
Hoy, el galón tiene un «precio político» atado a una fórmula técnica. Volver a los niveles de hace cuatro años implicaría abrir un nuevo déficit que comprometería la estabilidad macroeconómica del país.
3. El factor Medio Oriente: cuando la geopolítica llena tu tanque
La paradoja fiscal es clara: Colombia produce petróleo, pero su economía es hipersensible a la volatilidad global. El recrudecimiento del conflicto en Medio Oriente ha generado cuellos de botella en la distribución y el cierre de plantas de extracción, disparando el crudo Brent. Mientras el Gobierno proyectaba un escenario de US100 por barril**, la realidad nos ha golpeado con picos que rozan los **US118.
A este cóctel se suma el factor de la tasa de cambio. La Tasa Representativa del Mercado (TRM) ha superado la línea base de los $3.700 debido a la búsqueda del dólar como activo refugio ante la incertidumbre global. Un dólar caro y un petróleo en máximos históricos son los dos motores que impulsan, de forma inevitable, el alza en las estaciones de servicio locales.
4. El subsidio invisible: la gasolina como «salvavidas» del ACPM
Aquí reside uno de los secretos mejor guardados del Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles (FEPC): el subsidio cruzado. Para entenderlo de forma sencilla, el excedente que hoy pagamos por la gasolina ayuda a cubrir el enorme hueco que deja el diésel (ACPM).
Mientras la gasolina ya está cerca de su precio real de mercado, el ACPM sigue viviendo en una burbuja. El precio de paridad internacional del diésel debería estar en 16.860∗∗, pero los colombianos pagan solo 11.082. Esta brecha es insostenible. Según proyecciones de ANIF, si no se realizan ajustes, el déficit del FEPC para 2026 rondará los $10,7 billones.
Para poner esto en perspectiva: desde su creación, el FEPC ha acumulado un déficit de $136 billones, una cifra escalofriante que equivale a 15 reformas tributarias o a 1,5 veces el total de recursos girados al sistema de salud en un año.
5. La carta bajo la manga: ¿podría el etanol bajarnos el precio un 9%?
En medio de este panorama sombrío, el Ministerio de Minas y Energía ha puesto sobre la mesa una propuesta técnica que podría ser el primer alivio real y estructural. La clave está en el etanol, que compone el 10% de nuestra mezcla de gasolina.
Durante los últimos 13 años, el precio del etanol ha estado atado de forma artificiosa al precio del azúcar y la gasolina. La reforma busca desvincularlo de estos mercados internacionales para basarlo en los costos reales de producción nacional. Los beneficios serían triples:
- Reducción de precios: Se estima una baja de hasta el 9% en el precio final al consumidor.
- Seguridad alimentaria Al desincentivar el monocultivo de caña en tierras fértiles, se abre espacio para otros alimentos.
- Transparencia: El precio respondería a la realidad del campo colombiano y no a la especulación de los mercados del azúcar.
Conclusión: hacia un sistema de precios «más equilibrado».
Colombia se encuentra en una transición dolorosa hacia un modelo de sostenibilidad fiscal. La época de los combustibles baratos a costa del presupuesto nacional ha quedado atrás. Hoy, el precio que pagamos es el resultado de una balanza donde los conflictos en el Estrecho de Ormuz y el valor del dólar pesan más que cualquier voluntad política interna.
Aunque herramientas como la nueva fórmula del etanol ofrecen una luz al final del túnel, la realidad es que el «espejismo de los $9.000» fue una deuda que aún estamos pagando con impuestos y falta de inversión en otros sectores. Ante este escenario, la pregunta para la sociedad colombiana es inevitable:
¿Estamos dispuestos como sociedad a pagar el costo real de nuestra movilidad para liberar recursos públicos hacia otros sectores, o seguiremos esperando el regreso de un precio que ya no existe?















